Durante las fiestas del Pesebre nadie lo vio venir. No hizo falta. Lo que muchos no esperaban encontrar era algo sencillo y más importante: una aldea llena de vida.
«Hace 20 años que no había tanta gente un domingo por la noche en la plaza»
Alguien dijo «Hace 20 años que no había tanta gente un domingo por la noche en la plaza». No tenemos la estadística real de la gente que ha habido en la plaza los domingos en las dos últimas décadas. Pero si alguien lo dijo, algo de cierto debe de haber. La asociación de vecinos organizó una velada sencilla, con los pocos recursos que disponen. Un vecino quería cantar con su grupo un poco de flamenco. El Pernales apareció también reviviendo una cultura popular que no se apaga. Los niños corrían y jugaban por la plaza mientras los mayores permanecían sentados, observando a quienes regresan cada verano. Vecinos que viven allí todo el año volvieron a encontrarse con familiares y amigos que tuvieron que marcharse, pero que nunca han dejado de sentir el Pesebre como su casa.
Entre conversaciones, recuerdos y una cena improvisada, la plaza volvió a convertirse en el centro de todo. Unos pusieron las mesas, el resto trajo la cena de casa, y cada persona aportó algo. No era solamente una celebración. Era la imagen de una comunidad que todavía sabe reunirse, ayudarse y mantener vivo el vínculo que la une: su aldea.
El verdadero valor del Pesebre
A veces damos por hecho estos momentos. Pensamos que el próximo verano volveremos a sentarnos en el mismo sitio y con las mismas personas. Pero el tiempo pasa. Algunos vecinos mayores continúan resistiendo durante el invierno y sosteniendo la vida diaria de la aldea. Por eso cada reencuentro cuenta y merece ser vivido.
Detrás de estas fiestas existe mucho trabajo desinteresado. La asociación vecinal y quienes colaboran con ella dedican tiempo y esfuerzo para organizar actividades, conservar la unión y conseguir que el Pesebre no se convierta en un lugar que solo viva en los recuerdos.
Lo que nadie vio venir no fue un espectáculo ni una cena de sobaquillo. Fue comprobar que el Pesebre sigue siendo una gran familia. Una aldea pequeña, pero unida, con identidad y con personas dispuestas a trabajar para que continúe teniendo futuro. Quizá, es un refugio para muchos que viven en ciudad, que trabajan mucho para vivir, y que volver a su verdadero hogar les da el oxígeno que necesitan para seguir adelante.
Mientras haya niños jugando, mayores conversando y vecinos colocando juntos una mesa en la plaza, el Pesebre seguirá muy vivo.


